Creo que desde dos días atrás había comenzado a preocuparme.
Sin que nadie más lo notara, YO, que siempre sé fijarme, descubrí que ya no se reía tanto. YO, que sé de esas cosas, identifiqué en sus manos la falta de fuerzas productivas.
Pero no le dije nada. Porque YO, que lo conozco, sé de sus rabietas interminables, o de sus puteadas soberbias e inconclusas.
Incluso cuando sobre su mesa de luz no encontré papeles de caramelos --- o a los mismos caramelos en una danza de mieles pegajosas sobre la madera--- no traté de inferir sobre la gravedad de la situación.
Pero cuando el sábado de madrugada lo sentí llorar, presionando sus ojos contra la superficie en turno, tratando de simular que TODO es NADA, me di cuenta. Sin contar, que cuando se paró y esquivó las miradas de media población que había notado su berrinche cursi, entonces reafirmé que ya no estaba.
Fue cuestión de llegar a casa. Lavarme lo que quedaba de mis ojos, y mirar al espejo.
Para sorpresa de los tiempos, era increíble . . . YO aún estaba allí.
|